Juan Manuel Montes

(16-05-2018)

«Todo el mundo conoce las propiedades del acero valyrio, que resulta de plegar el hierro muchas veces para equilibrarlo y eliminar las impurezas, y de usar hechizos o, al menos, artes que no entendemos para darle una resistencia sobrenatural. Esas técnicas se han perdido, pero los herreros del Qohor aseguran conocer hechizos para volver a trabajar el acero valyrio sin que pierda la resistencia ni el famoso filo. En el mundo quedan unos pocos miles de hojas de acero valyrio, y en los Siete Reinos solo doscientas veintisiete, según los Inventarios del archimaestre Thurgood, algunas de las cuales se han perdido o han desaparecido de los anales de la historia desde que se escribió esa obra.»

Canción de hielo y fuego

(La historia jamás contada de Poniente y del Juego de Trono)

Dejando a un lado los supuestos poderes mágicos que en la serie de «Juego de Tronos» se le atribuyen, como el de fulminar a los Caminantes Blancos, las restantes virtudes por las que eran reconocidas las espadas fabricadas con este acero tienen un clarísimo paralelismo histórico y real: las espadas de acero de Damasco. Y la historia real de esos aceros, nada tiene que envidiar a la relatada en la ficción.

Cuando en la Palestina de finales del siglo XII, los cruzados europeos, capitaneados por el rey Ricardo Corazón de León, se enfrentaron a las tropas del sultán Saladino, se produjo no solo un choque cultural y religioso, sino también tecnológico. Las espadas de los cristianos eran pesadas, rectas y de un brillo blanquecino. En cambio, las espadas de los musulmanes eran más ligeras, más esbeltas y de un apagado fulgor azulado, que visto bien de cerca, era obra de una delicadísima filigrana formada por millones de líneas curvas de color oscuro sobre un fondo de color claro. Para sorpresa de los esforzados cruzados, esas espadas eran sumamente tenaces, capaces, por tanto, de soportar tremendos golpes sin romperse, y a la vez tan duras que podían llegar a afilarse como navaja de afeitar, y conservar su filo pese a los golpes.

Los herreros cristianos debían haber juzgado como cosa de magia tan singular maridaje de propiedades (dureza y tenacidad), siempre opuestas en el acero cristiano. De hecho, a Occidente le llevaría siglos lograr reproducir la técnica capaz de fabricar el acero de Damasco.

Hoja de cuchillo de acero damasquinado. Tomado de Wikipedia.

 

Es fácil caer en la tentación de que tan singulares propiedades se deben a la presencia de algún ingrediente secreto. Por la fuerza, los cruzados se hicieron rápidamente con el material a partir del cual los herreros sirios fabricaban sus espadas. Se trataba de unas tortas de hierro llamadas «wootz». De poco sirvió. Cuando los herreros cristianos calentaban esas tortas y comenzaban a forjarlas a martillo, se desmoronaban rápidamente, haciéndose añicos. Y así continuó el misterio.

Muchos estudiosos europeos se sintieron atraídos por el misterio del acero de Damasco y le prestaron su atención. Y fracasaron. Relevante es el caso del físico experimental Michael Faraday en el siglo XIX, quien, pese a la sagacidad y pericia experimental ampliamente demostrada en otros campos del Saber, erró al concluir que el secreto del acero del Damasco residía en la adición de pequeñas cantidades de sílice y alúmina al acero. Y eso que Faraday era hijo de herrero, por lo que debía estar bien familiarizado con el oficio…

Un poco tiempo después, instigado por el trabajo de Faraday, Jean Robert Breant, un metalurgista de la imprenta de París, abordó de nuevo el problema y resolvió por fin el misterio encontrando al menos dos de sus secretos: las extraordinarias propiedades del acero de Damasco se debían a su altísimo contenido de carbono y a la singularidad de su proceso de forja, realizada a una temperatura bastante menor a la habitual en los aceros occidentales.

En efecto, los herreros del Medio Oriente compraban el wootz de la India porque era un hierro altamente enriquecido en carbono a través de un laborioso (y lento) proceso en el que el metal era calentado junto con carbón de leña. Para producir una espada partiendo del wootz, se debía forjar a martillo a temperaturas entre 650 y 850 ºC, identificables como «al rojo púrpura». En esa franja de temperaturas y no en otra, el wootz se vuelve extraordinariamente dúctil, deformable (De hecho, hoy sabemos que el material exhibe entonces un comportamiento conocido como superplástico, por su formidable capacidad de deformarse sin romperse.) La conversión del wootz en acero de Damasco mediante la forja y el temple subsiguiente involucraba toda una serie de cambios relevantes en la estructura interna de estos materiales, solo perfectamente aclarados por la Ciencia moderna hasta hace poco tiempo (véase por ejemplo esta Tesis doctoral).

Los herreros occidentales siempre fracasaron en su intento de reproducirlo porque estaban acostumbrados a forjar sus espadas a temperaturas muy superiores, en torno a 1 200 °C, cuando el acero se pone «al amarillo claro». Desgraciadamente, como pudieron comprobar una y mil veces, a esa temperatura el wootz se disgrega al primer martillazo.

¿Cómo llegaron los herreros sirios a encontrar las claves del proceso? Sin duda, a través del ensayo y error, lo que durante mucho tiempo constituyó la única forma de progreso. Los herreros sirios se limitaban a repetir escrupulosamente un oficio aprendido de sus maestros, sin entenderlo. No hay duda de que desconocían completamente las razones de su éxito. Lo prueban los escritos en los que supuestamente se revela la fórmula que confería a sus aceros sus excelentes propiedades. Entre otras consideraciones menores, la espada debía ser hundida en el cuerpo de un esclavo fuerte y musculoso, para que su fuerza se transfiriese al acero…

Así pues, al menos en este caso, la realidad no tiene nada que envidiarle a la ficción…