Juan Manuel Montes

(13-05-2018)

Se nos olvida a veces lo privilegiado que es el momento que nos ha tocado vivir. Y me refiero únicamente al aspecto tecnológico de la historia de nuestra civilización. Nos rodean todo tipo de utensilios, objetos y máquinas hechos de ligerísimo y resistente plástico, de cerámicas tenaces (incluso cuchillos), y de un amplísimo catálogo de materiales metálicos, entre los que destaca el hierro (el acero, en realidad, que es hierro con algo de carbono en su seno). Hoy dominamos plenamente ese material, y aunque todavía hoy nos depara sorpresas y mejoras, nuestra situación actual habría sido envidiada y codiciada por cualquier pueblo de la antigüedad.

Los antiguos egipcios ya conocían el hierro. Puesto que ignoraban cómo extraerlo de sus minerales, que yacían en las entrañas de la tierra, solo podían obtenerlo a partir de meteoritos caídos desde los cielos (en este caso, siempre aleados con algo de níquel). Muy posiblemente esta sea la explicación por la que el término siderurgia, con el que se conoce a la industria del acero, comparte raíz con la palabra que remite a lo relativo a los cielos: sidéreo o sideral. Los cielos siempre han sido la morada de los dioses. El hierro fue, desde su inicio, un metal divino. Y así lo atesoraron algunos faraones que se llevaron a la otra vida pequeños objetos de valiosísimo hierro, envueltos entre sus vendajes momificadores. Naturalmente, un lujo no al alcance de ningún otro mortal.

Pero el hierro meteorítico no abunda precisamente, lo que unido a la perenne escasez de bronce, volvía imperativo conseguir extraer el hierro de su mineral (curiosamente muy abundante), acerarlo y aprender los secretos de su forja. No fue fácil. El primer pueblo que consiguió extraer hierro a partir de su mineral, conformarlo y dotarlo de propiedades superiores a las del bronce (lo que no sucede con todos los porcentajes de carbono) fueron los Hititas. La superioridad de las armas de acero que consiguieron fabricar (especialmente, su mayor ligereza, flexibilidad y tenacidad), les concedió una ventaja que les permitió imponerse a todos los pueblos del entorno. Los Hititas debieron resultar un pueblo temible, pues habían logrado extraer de la tierra lo que antes solo estaba vedado a los cielos.

Como ecos de esa realidad pasada, los mitos y leyendas están llenos de materiales caídos, llovidos, de los cielos. El cómic de superhéroes (y ahora el cine) no deja de ser un renacimiento de los trajines de los antiguos dioses, de los del Olimpo y de los de más allá. Es lógico, por tanto, que los materiales fantásticos que en ellos abundan también tengan un protagonismo sobresaliente. Algunos de esos materiales fantásticos resultan ser simples reverberaciones de los legendarios y mitológicos. Otros son más originales, pero sin renunciar a algunas de las mismas características que los hacen únicos.

Un caso paradigmático es el «vibranio». El vibranio, del término latino vibranium, apareció por primera vez en los cómics de Marvel en el número 53 de «Los 4 fantásticos», allá por el año 1966. Como no podía ser de otra manera, ese material cayó de los cielos, y su principal fuente se encuentra en el país africano de Wakanda (ficticio, faltaría más). Descubierto por el rey de Wakanda, Pantera Negra, rápidamente lo empleó en la fabricación de su armamento, para explotar sus singulares características. Porque el vibranio, según la misma febril fuente, tiene la portentosa capacidad de absorber todos los golpes e impactos convirtiendo su energía en vibración intensificada de sus átomos, para devolverla rápidamente convertida en alguna otra forma de energía, no muy bien aclarada, pero de índole probablemente lumínica, en la zona infrarroja del espectro (por eso el vibranio no se ve resplandecer cuando emite esa energía).

La coraza del Capitán América fue fabricada a partir de una aleación de vibranio y acero (americano, naturalmente). El proceso de aleación fue fortuito y accidental por lo que no se registraron las proporciones de la mezcla, ni las condiciones exactas en la que se llevó a cabo, por lo que no se ha podido reproducir de nuevo. La capacidad del vibranio para absorber las vibraciones, unida a la resistencia y tenacidad del acero es lo que hace tan poderosa la coraza del Capitán América, capaz incluso de detener el temible martillo de Thor.

¿Me pregunto si podremos encontrar algún día un material así?

Empezaré hablándoles de algo que sí es completamente real: la luminiscencia. Por Luminiscencia entendemos todo proceso consistente en la emisión de luz. Este fenómeno puede generarse por efecto de la alta temperatura (termoluminicencia), por absorción de energía lumínica no visible (fotoluminiscencia), debido a una reacción química (quimioluminiscencia), por aplicación de energía mecánica (triboluminiscencia), de energía eléctrica (electroluminiscencia), energía biológica (bioluminiscencia), de ondas sonoras (sonoluminiscencia o fonoluminiscencia), entre otros.

Es esta última modalidad la que nos interesa, pues se acerca mucho a las virtudes del vibranio. Y bien, ¿existen materiales fonoluminiscentes? Pues, por el momento, no se conoce ningún material sólido que lo sea; pero el fenómeno sí se ha documentado en líquidos. En efecto, en el seno de ciertos líquidos expuestos a ultrasonidos se originan burbujas que desaparecen emitiendo una radiación visible bastante espectacular. Se especula que ello es posible porque localmente, en el interior de dichas burbujas, llegan a alcanzarse temperaturas por encima de los 16 000 ºC (¡Sí, cerca de tres veces la temperatura en la superficie del Sol!) Incluso, aunque sin evidencia experimental, algunos científicos especulan que durante la fonoluminiscencia pudiera tener lugar la fusión de átomos de hidrógeno para dar lugar a átomos de helio (el mismo proceso que sucede en el corazón de las estrellas), lo que se conoce como «fusión fría». Un controvertido asunto que arrastra polémica desde hace décadas.

Sea como fuere, lo cierto es que muy probablemente jamás dispondremos de un material como el del escudo del archiconocido Capitán. Más seguramente aún puedo decirles que su descubrimiento, de lograrse, nada tendría que ver con las circunstancias fortuitas relatadas en el cómic. Pero no es para nada descabellado que algún día pudiéramos descubrir un material sólido fonoluminiscente, aunque el mecanismo que lo hiciera posible poco o nada tuviera que ver con el que lo hace posible en líquidos. 

Veremos.