Juan Manuel Montes

Imagínense una feria de muestras monotemática que se celebra en un amplio recinto en el que los expositores de los distintos anunciantes han sido dispuestos ordenadamente, siguiendo una cuadrícula. Cada expositor consiste únicamente en una mesa alta, en la que el anunciante dispone algunos folletos publicitarios de sus productos y alguna caja con los obsequios que regala a quien acude a su mesa a escuchar las bondades de sus productos. Entre expositor y expositor hay espacio suficiente para que puedan discurrir, sin muchos problemas, los potenciales clientes. Clientes y anunciantes son viejos conocidos, y tienen sus preferencias, lo que no impide que deseen mantenerse al día de las novedades que constantemente surgen en un mundillo muy dinámico y competitivo.

No hace falta que les diga que si no acudiera ningún potencial cliente, la organización sería insostenible: porque ningún comercial tiene la más mínima intención de comprar productos a la competencia. Pero como hay un buen número de clientes, la situación discurre con normalidad y hasta con alegría. La convocatoria y organización ha sido todo un éxito porque cada anunciante se ha ocupado de anunciar el evento a sus clientes habituales, rogándoles encarecidamente que no faltasen a la cita. Y no lo han hecho, aunque nadie asegura que terminen comprando el producto que ya conocen y no alguna otra novedad. De modo, que hay que ganarse al cliente.

La organización ha dispuesto una cámara de vídeo cenital que recoge todo el evento. Visionando la película a cámara rápida observaríamos un continuo ir y venir de los clientes. No paran de moverse, pero sus rutas son aleatorias, o movidas por la existencia de pasillos o mesas más vacías. Pero en esencia, las distintas imágenes serían muy similares entre sí, si obviamos los detalles particulares.

En un momento determinado se anuncia por la megafonía del evento que en uno de los extremos del salón se abrirá una sala contigua en la que se hará un anuncio importante y se entregará un premio a los clientes (no a los anunciantes) que acudan. Como la sala contigua es pequeña solo pueden pasar de tres en tres. Cuando los afortunados reciben la información y el premio son conducidos por unos pasillos que los devuelve al otro extremo del salón, no sin que antes un hipnotizador de espectáculos nocturnos, contratado por la misma organización, les haga olvidar que ya han recibido el premio.

Desde que se realizó el anuncio por megafonía, la cámara cenital parece registrar que la situación ha cambiado algo: los clientes siguen discurriendo de mesa en mesa, pero se adivina un intento por avanzar hacia el extremo del salón donde está la salita del premio.

Transcurrido cierto tiempo, la organización decide hacer un nuevo experimento y anuncia por megafonía que el premio consiste en un cheque al portador de 6000 euros. ¡Y que hay firmados muchos cheques! Tras el anuncio, ordena apagar las luces del salón…

Con el apagón, los clientes olvidan sus buenos modales y avanzan, sí o sí, en dirección a la salita del premio. En su alocada carrera chocan con las mesas de los anunciantes y caen al suelo. Desorientados intentan seguir la que creen dirección correcta, pero vuelven a chocar una y otra vez con las mesas. Algunos, naturalmente, lograrán pasar a la salita del premio y lo recibirán, pero el hipnotizador se encargará de retirárselo, devolvérselo a la organización, y forzarle una amnesia como la de un pez.

Como resultado de los continuos tropezones los anunciantes terminan muy enfadados por la pésima organización del evento. Están verdaderamente enfadados, encolerizados por el gasto de dinero. Incluso se escuchan palabras subidas de tono dirigidas a los organizadores.

¿De qué creen que les estoy hablando?

Pues quizás no encuentren un parecido inmediato, pero les estoy hablando de los electrones y de los iones que constituyen un metal. Un escenario parecido, como el que les he contado, fue el concebido por el físico alemán Paul Karl Ludwig Drude en el año 1900.

Según el modelo que propuso este señor, los metales están constituidos por una red de átomos dispuestos regularmente (un cristal) que han cedido algunos electrones que se mueven vertiginosamente entre todos los electrones. Son estos electrones los responsables de la conducción eléctrica, pero también de que el material se mantenga cohesionado. Y así debe ser porque los iones positivos se repelen y su fuerza de repulsión haría inestable esa disposición. Si la estructura no se ve comprometida es debido a que los electrones (portadores de carga negativa) se mueven entre los iones actuando como una especie de pegamento. (Piénselo detenidamente: si entre dos cargas del mismo signo que se repelen se interpone otra de signo contrario, el resultado será una atracción neta porque la fuerza de repulsión entre partículas del mismo signo es de menor intensidad que las fuerzas de atracción entre parejas de signo contrario, simplemente porque estas parejas están más próximas y la ley de Coulomb nos dice que la fuerza entre dos cargas disminuye con el cuadrado de la distancia que las separa.)

De modo que la estructura resultante es estable, del mismo modo que resulta estable la feria de muestra. Desde luego no lo sería sin la presencia de los potenciales clientes; sin ellos el encuentro fracasaría y todos los anunciantes se dispersarían y volverían malhumorados a sus respectivas empresas, maldiciendo a los organizadores.

La situación cambia cuando se aplica una diferencia de potencial entre dos extremos del metal. Entonces, internamente se genera un campo eléctrico que ejerce cierto arrastre de los electrones en la misma dirección del campo eléctrico (aunque en sentido contrario por el hecho de que la carga del electrón es negativa). La diferencia de potencial equivale al anuncio por megafonía de que en uno de los extremos del salón se entregaba un premio; eso hacía mucho más tentador uno de los extremos del salón que el otro, por lo que es lógico que los clientes buscasen el modo de llegar hasta él.

Sin embargo, la situación que les describí a partir del anuncio de la cuantía del premio y del apagón, es más cercana a la situación concebida por Drude. Porque los continuos choques con las mesas, frenan continuamente el avance de los clientes, y termina enfadando a los anunciantes. Drude pensó que las continuas colisiones de los electrones con los iones del cristal incrementaba la energía de estos, y que eso sería percibido externamente como un aumento de la temperatura. Esa debía ser la explicación cualitativa del efecto Joule, por el cual todo conductor que es atravesado por una corriente se calienta (más o menos en función de su menor o mayor conductividad eléctrica).

¿Tienen alguna pregunta?