Juan Manuel Montes

(19-05-2018)

«Gracias a su poder, eran importadas muchas cosas a la isla, si bien producía ésta las que son necesarias para la vida, y también metales, ya fueran sólidos o fusibles, y hasta aquel del cual sólo conocemos el nombre, pero que en la isla existía realmente, extrayéndose de mil parajes de la misma, el oricalco, que era entonces el más precioso de los metales después del oro.»

«Critias», Platón (427-347 a.C.)

Si hay un material sin duda fascinante, no solo por el misterio que lo rodea sino también por el mito o leyenda que lo sustenta, este es el «oricalco». Este material legendario aparece mencionado en diversos antiguos escritos griegos, aunque el más conocido es el «Critias» de Platón. Es allí donde el oricalco aparece relacionado con el mito o leyenda de la Atlántida. Según esos escritos este metal era tenido por el segundo metal más valioso y podía extraerse por doquier en la isla de Atlántida.

La intuición sobre la etimología de algunas palabras puede conducir a conclusiones completamente erróneas. Para nuestra mentalidad actual, la palabra «oricalco» parece provenir de la conjunción de los vocablos «oro» y «calco», viniendo a significar algo así como «calco o copia de oro». La conclusión es completamente falsa. El término «oricalco» proviene del término latino orichalcum, que a su vez deriva de los términos griegos óros, que significa montaña (la misma raíz que interviene en orografía) y chalkós que significa cobre. Así pues, un estudio etimológico serio nos dice que la palabra «oricalco» significa «cobre de montaña». ¿Pero qué podría ser el cobre de montaña?

Para muchos arqueólogos y expertos en paleometalurgia, el oricalco no es más que una aleación de cobre, cinc y algo de plomo, en proporciones similares a las que hoy identificaríamos como «latón dorado». Tanto el bronce como el latón son aleaciones de cobre; la diferencia radica en el metal con el que se alea. En el caso del bronce, el cobre se alea con estaño, mientras que en el caso del latón, el cobre se alea con cinc. El cobre y el estaño rara vez aparecen en minerales conjuntamente, por lo que supone toda una hazaña la idea de mezclarlos. ¿Y el latón? ¿Existían en la tierras que Platón identificaba como la Atlántida minas en las que pudieran extraerse minerales con cobre y cinc mezclados? Eso podría sugerir una explicación al nombre de «cobre de montaña», es decir, «cobre extraído directamente de la tierra, no obtenido por mezcla», como era el caso del bronce. La idea no es descabellada porque algo así sucedió con la primera aleación de cobre empleada en la Antigüedad, que fue con arsénico. Y ello porque, de forma natural, era posible encontrar minerales de cobre que contenían a la vez arsénico. Esa es la razón por la que esa aleación se conoce con el nombre de «bronce natural». ¿Fue por una coincidencia parecida como los atlantes descubrieron su oricalco?

¿Tenemos constancia de que el latón era conocido en la Antigüedad? Recientemente un descubrimiento ha venido a confirmar este punto sin ningún género de dudas. En enero de 2015, en las costas del sur de Sicilia, en el mar de Gela, se encontró un pecio, datado hacia la primera mitad del siglo VI, que se hundió con un cargamento de metales de la época. El pecio transportaba 39 lingotes de metal, cuya composición resultó ser de entre un 75-80% de cobre, un 15-20% de cinc, y el resto de hierro, níquel, y plomo. Semejante aleación hoy día sería calificada como latón, pero, ¿era este material al que se refería Platón como oricalco? Hay margen para la duda, sobre todo si se tiene en cuenta que algunos escritores grecolatinos mencionaron en sus escritos tanto al oricalco como al latón dorado. Nunca dijeron que se tratasen del mismo material, pero tampoco que fueran distintos.

 
 Algunos de los lingotes recuperados del pecio hundido. Imagen tomada de Wikipedia.

Aceptando la hipótesis de que el oricalco era simplemente latón, sigue habiendo dos puntos poco verosímiles (teniendo siempre presente que hablamos de un material fantástico, en el país de las fantasías por excelencia). En el Critias, Platón parece admitir que el oricalco era solo conocido por los atlantes. ¿Se refería a que los demás pueblos no lo habían visto jamás o, más bien, a que desconocían el secreto de su composición y, por tanto, de cómo obtenerlo? Si fuera esto último, en algún momento el secreto debió haber sido revelado, porque según la historia contada por Platón la Atlántida acabó completamente destruida y la Antigüedad, como se ha demostrado, sí conoció el latón. ¿O se trata de un redescubrimiento posterior e independiente, como tantas veces ha sucedido con otros materiales a lo largo de la Historia y en diferentes lugares? Por otro lado, resulta difícil creer que una aleación como el latón pudiera haber sido considerada tan valiosa, solo con un valor inferior al del oro. Es cierto que bien abrillantada puede resultar muy similar al oro. Tal vez su extraordinario parecido pudo haberla convertido en un preciado sustituto con valor ceremonial o religioso. La cuestión de su valor ha llevado a pensar a algunos arqueólogos e historiadores en la posibilidad de que el oricalco fuera más bien el ámbar, material que por su extraordinaria escasez siempre ha gozado de un enorme valor. Pero Platón habla de metales, y el ámbar no lo es. Pero el término metal era mucho más difuso en la Antigüedad y realmente correspondía a todo lo extraído de la mina, de la tierra…

¿Queda algo por decir? Pues sí. Adentrémonos un poco más en el mito. Siendo benévolos con la historia relatada por Platón, a la que, dicho sea de paso, su discípulo Aristóteles no le concedía credibilidad alguna, y admitiendo que los 9500 años hacia atrás desde la fecha en que vivió Platón, que es en la época que se sitúan los hechos narrados, fueron en realidad unos 950 años, lo cierto es que, de pronto, nos topamos con circunstancias verídicas con las que todo parece encajar. ¿Y si Platón no estuviera fabulando cuando escribió todo aquella historia? Los historiadores aceptan que hacia el 1470 a.C. (esto es, unos mil años antes de la vida de Platón) tuvo lugar una catástrofe de dimensiones colosales en el Mediterráneo provocada por la explosión del volcán de la isla de Thera (hoy Santorini), que destruyó 2/3 de la isla, lanzó unos 20 000 km3 de roca por los aires y produjo maremotos y tsunamis tremendos que asolaron puertos y ciudades costeras de todo el Mediterráneo. Se ha esgrimido que esta fue la causa del abrupto final de la civilización cretense, que algunos autores identifican con la propia Atlántida. Pero según Platón, la Atlántida no solo debía ser más grande, sino además debía estar situada frente a las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar) y lo que más nos interesa, estaba plagada de metales (y también de toros). Pensemos por un momento que la Atlántida correspondía con el sur de la Península Ibérica o con algo de su parte suroccidental que antes tenía una configuración de isla (quizás, tan falsa como la «Isla de la Cartuja» en Sevilla). Los maremotos y tsunamis originados por la erupción del volcán de Thera debieron sentirse en todo el Mediterráneo, y quizás mucho más, por una suerte de efecto Venturi, al otro lado del estrecho. Quizás fue esto el fin de la civilización allí arraigada (la atlante), sobre cuyos despojos se levantaría luego el pueblo de Tartesos, un reflejo torpe de tiempos pasados mejores.

Si hay algo que sustente esta hipótesis es la importancia singular que el suroeste de la Península ibérica tuvo en la Antigüedad como fuente suministradora de metales (cobre entre ellos). Por ello, no resultaría descabellado pensar que el oricalco fuera una aleación parecida al latón, tal vez con algo de oro, pero también que fuera sencillamente pirita (FeS2), es decir, el disulfuro de hierro(II) cristalizado en forma cúbica, porque la denominada «faja pirítica», que se extiende por las provincias de Huelva y Sevilla y el sur portugués es la zona del mundo con mayor concentración de sulfuros. El aspecto dorado de la pirita puede confundir al más diestro buscador de oro. Es por eso que el material es conocido como el «oro de los locos» (por la locura que desencadena al encontrarlo y al descubrir su falsedad, casi a partes iguales). Son muchos los usos que hoy día tiene la pirita, desde electrodos de baterías, paneles fotovoltaicos, detectores de minerales, hasta en joyería. Porque sí, la pirita se utiliza desde la antigüedad en joyería, normalmente como pequeñas piezas de pirita facetadas, a menudo engastadas en plata. ¿Era entonces la pirita el preciado oricalco de los atlantes? Tal vez.

 
 Mineral de pirita. Imagen tomada de Wikipedia.

Hay una última opción interesante. Las mismas razones que conducen a pensar en la pirita, también pueden esgrimirse en favor de la calcopirita, el disulfuro de hierro y cobre (CuFeS2), cristalizado en sistema tetragonal. No solo tiene el aspecto dorado que se espera del oricalco, sino que además constituye la principal mena de cobre. Eso nos puede llevar a una revisión de la etimología del término oricalco. Es posible que dicho término proviniese de los términos griegos oriri, que significa surgir, y chalkós, que significa cobre, esto es, «de lo que surge el cobre», «mena de cobre». Interesante.

 
 Mineral de calcopirita. Imagen tomada de Wikipedia.

Lo más sorprendente de todo esto es que para tratarse de un material ligado a una leyenda, haya tantas opciones razonablemente verosímiles. ¿Pero cuál es la verdadera? No lo sé. Nadie lo sabe.

¿Pero qué esperaban tratándose de un mito?